domingo, 10 de agosto de 2014

Nada

No es posible abrir una puerta sin antes tomar la decisión consciente de tocarla primeramente. Y una vez la tomamos, sin importar si aceptamos o rechazamos igual nos azota una ola de energía con una fuerza tan brutal que casi nunca la percibimos. Es esta misma fuerza la que azotaba a Tomás sin que estuviera consciente de el cómo había llegado a esa puerta en particular, aún cuando cada uno de sus pasos dados en el transcurso de su vida había sido cuidadosamente planificado.
Planificado incluso su nacimiento, también sus estudios, su religión. Acarreaba juicios, cálculos, medidas y tiempos. Aceptó estos planes, le parecieron bien, entró en acuerdos y los adoptó. Ausente de la maravillosa sensación de darse cuenta de ello, los planes penetraron su piel, mezclándose en su sangre y pasando a la próxima generación. La Tierra le había dado la espalda y luego la cara al Sol miles de veces y ninguna de estas ocasiones Tomás enfrentó la duda. Jamás se percató de que podía ser de mil otras formas.
Bendita inconsciencia que nos carga en sus brazos haciéndonos flotar mientras se acaba la vida. No saber que existe la muerte es también no saber que existe la vida. Y en cada meta que alcanzaba Tomás, retumbaba la ausencia de sus pies descalzos sobre la Madre Tierra y sus manos alzadas al Dios de los Cielos.
Abrió la puerta y con pasos firmes, ligeros, mecánicos llegó al elevador. No caviló en nada mientras la puerta se convertía en telón como para salir de la obra por un rato. Y así mismo llegaba al piso planificado sin cavilaciones. La música celestial, su único acompañante en aquel cubículo resplandeciente, no logró despertar sus oídos y brindarles el regalo del disfrute. Allí se mantenía en pie, en el mismo centro como dicta la higiene, tranquilo y callado como dicta la cordura, vestido como dicta la moda, erguido como dicta la sociedad.
Aunque leve el sonido de la campana resulta lo suficiente como para que el condicionamiento lo reconozca y lo despierte de su letargo con el propósito de anunciar la llegada al destino en cuestión. Una vez más se descubre el telón brindando en infinita misericordia la oportunidad de un segundo acto. Una quincena de actores entran como en procesión. Unos hablando, otros en silencio y un par dejándose acariciar por la musica celestial.
A Dios gracias por las pequeñas bendiciones que nos regala a instantes. Todo iban al primer piso, por lo que no hubo paradas en el camino...

Y. Delgado