domingo, 7 de junio de 2015

El portón

El Portòn

Al fim!!!. Despuès de tantos intentos, despuès de tanto soñarlo, se hallaba allì. Delante de él, ella parecía mucho más pequeña de lo que en realidad era. Su masiva presencia de hierro aunque carcomida por el moho dominaba la escena. Y ella solo aparecía como una mancha inmóvil ante su precencia. Tanto imaginarlo y ahora se encontraba petrificada ante su realidad. Su presencia ante el portón significaba que no había vuelta atrás.
Se sentó en el suelo como quien antes de cualquier cosa, rinde tributo al dios de hierro. Al dios de la libertad, al dios del encierro. Presentaba su alma rota, deshilachada y que aún así reclamaba al Universo su derecho a existir. Derecho que se ganó en el mismo instante que decidió recorrer aquel camino. Había sido largo, muy largo incluso antes de partir. Al cabo de unos minutos allí ya su corazón no insistía en romper su pecho, ya a estas alturas sólo sentía el cansancio. Cansancio del que ahora se conformaba su cuerpo. Y el portón estaba allí tan monumental, inamovible ante sus sentimientos. Sentimientos que recorrían todos los rincones de su mente encontrando y mezclándose con sus pensamientos.
Sabía que podía lograrlo, se conocía de sobra. Había logrado soportar años de tortura. Había experimentado el dolor de haber amado. Y había padecido la locura de correr tras un sueño. Le tocó el vacío de perderlo todo. Y ahora exigía aquello que sabía se había ganado. Perseguía su libertad y nadie se la podría negar. Pero en ese momento, en ese instante sólo quería descansar aunque un descanso total parecía imposible.
Sin motivo sin advertencia se dispararon lágrimas de sus ojos. Y cansada también de su fortaleza ni siquiera intentó detenerlas. El caudal salado la llevó sin resistencia por el camino de loa recuerdos. Recuerdos de dolor enfrentando esperanza. Lo sufrido, lo vivido, lo soportado esperando la llegada de una respuesta cobardía que se negaba a existir. Su cuerpo temblaba, su garganta ardía.
Como pésame de parte de la naturaleza se quedó dormida. Un descanso, un premio a su valor y a sus logros. Por primera vez en años su cuerpo se entregó a la relajación y su espíritu voló confiado sin saber a dónde.
Desde hacía tiempo brotaba de su más profundo interior la necesidad de dejarlo todo atrás, continuar su propio camino y construir su felicidad. Pero esa esperanza, ese maldito susurro en el corazón gritándole que no renunciara que la respuesta que anhelaba estaba cerca, siempre terminaba aplastando su voluntad natural. Porque nada quería ella más que eso, saber que no había sido un desperdicio, que aunque se acabara todo no había perdido el tiempo, que todo había valido la pena. Pero había llegado el momento en que la esperanza había perdido todas sus fuerzas y su naturaleza se imponía sobre toda terquedad.
Y así, en contra de sus esperanzas habia hechado a andar aunque llena del deseo de reconstruir las ruinas de las que se alejaba. Pero aún mientras pensaba y debatía se forzaba a sí misma a continuar su marcha y llegar ante el portón. Con cada paso mataba un poco más la esperanza de escuchar un grito que la hiciera regresar.
El portón llegó antes que el grito.
Ahora a descubrir cómo abrirlo.
Sacudiéndose del descanso palpó con sus manos un manojo de llaves coleccionadas a través de los años. Siempre se había enorgullecido de su pequeña colección, creyendo que tendría la solución una vez alcanzado el portón. Pero una cosa no compaginaba con la otra, sus llaves eran pequeñas, aquel portón era un Universo.
Esclava como siempre del optimismo y sirvienta del dios sabrá, como quiera lo intentó. Lógicamente no funcionó. Ni al derecho, ni al revés, ni todas juntas, ni una a la vez. Agotó todas las posibilidades. Nuevamente su cuerpo le pidió un descanso. Ella obedeció pero su mente continuaba trabajando. Utilizando la razón observó el portón desde todos los ángulos. Observó las señales de moho intentando identificar algún punto débil. Observó los árboles a su alrededor por si señalaban algo. Volvió a mirar el portón como buscando sus ojos.
La estructura era obviamente pesada pero tendría algo d movimiento y sería necesario abrirlo por completo, sólo lo suficiente como para deslizarse al otro lado. Si utilizaba un tronco como palanca lo sostendría en su sitio. Sus ojos comprendieron la orden y barrió con la mirada su alrededor. Identificar uno fue fácil. Cargarlo hasta allí sería más complicado. Tenía que ser lo suficientmente liviano como para rodarlo hasta allí. Una vez identificada su nueva llave natural sus ganas encontraron las fuerzas para llevarlo hasta el portón. Recompensa!!! El portón cedió un poco y así mismo se abrió su alma ante la posibilidad de cruzar al otro lado.
Se lanzó a aquel espacio como quien se lanza a los brazos del amor. Sin medir consecuencias, sin medir espacios, sin entender fronteras. Y una vez puesto el pie izquierdo en el suelo de la libertad intentó de todas maneras que el resto de su cuerpo la siguiera. Pero la razón ganaba a la intención. No había espacio suficiente.
Implorando al dios de hierro que le diera una solución, llena de odio y resentimiento cayó al suelo y tronó sus puños contra el suelo. Y allí estaba!!! Una solución tan sencilla que parecía posible. Cavaría un hollo.
Como si no hubiese cargado aquel tronco, como si se hubiese acabado de levantar de un merecido descanso. Con las mismas manos que había golpeado el piso comenzó a cavar. Los repetidos movimientos adormecían sus brazos. Sus manos sangraban del abuso. La sangre enfangaba la tierra anunciando libertad.
Allá al otro lado del portón se abría un mundo entero de posibilidades. Y sabía, teniendo lo que tenía, sabiendo lo que sabía, el mundo estaría a sus pies. Y sonreía, sonreía desde lo más profundo de su corazón. Sentía la brisa besandole las mejillas, los pájaros cantando a su alrededor. Sus ojos se empañaban de lágrimas, el mundo le pertenecía y al mundo le entregaba su alma.

Su mano dio tan duro que sintió la corriente hasta su hombro. Los pájaros cayaron de inmediato, la naturaleza parecía aguantar la respiración. De repente no entendio qué sucedía y bajó la mirada para no creer lo que veía. Su corazón no podía soportar la noticia. Allí había un piso. Un piso de losa y sin querer gritaba. Gritaba como las locas y era lo único que podía hacer. Una vez más el destino la traicionaba.
Agarró la primera piedra que alcanzó su mano ensangrentada y con fuerza endemoniada pegaba al portón como si con pura voluntad fuese capaz de abrirlo. No se quedaría allí bajo ninguna circunstancia. No se quedaría mira do a ese estupido portón que se reía a carcajadas de su inocente esperanza.
Ya no podía respirar. Era toda cansancio, coraje, frustración. Nada tenia sentido. Tanto para llegar hasta allí. Tanto para nada. Regresar no era opción, cruzar tampoco.
Como si de su cielo interior la interrumpieran su estómago llamó la atención conocido un rugido, pero ella no quería moverse de allí. Entonces nuevamente la invadió el llanto. No quería comer allí. Comer allí era aceptar algo. Algo para lo que no estaba preparada. Estaba tan segura de que en ese día comenzaría su nueva vida. No iba a comer allí, ni mucho menos pasar la noche. Llegó para cruzar el portón y no esperaria ni un día más.
Esta situación no estaba contemplada. Este limbo entre una vida y otra.. Maldecía en sus interiores, en loa mismos que había ignorado por tanto tiempo. Pero innegable la razón la misma que hacia años le advirtió que debía escapar ahora le explicaba que si su meta era cruzar el portón, tendría que comer y descansar. La lógica la levanto del suelo. Tomó frutas de las que había a su alrededor. Se dejó sorprender por el dulce jugo de las frutas t aceptó el hecho de que aunque no estaba al otro lado del portón aquellas frutas sabían a libertas.  Recibió su fuerza vital, su propósito, su regalo...
Sin notarlo ya no pensaba en el portón. De repente sólo estaba en el momento de saborear en su totalidad aquellas frutas. Estar contenta por un rato aún sin haber cruzado. Buscaría donde descansar.
Terminó sus frutas y acumuló varias más. Decidió tomarse el lujo de acomodar algunas hojas secas para mas o menos acojinar el piso de tierra. Definitivamente disfrutaría su descanso. Se acercó a un arroyo,  lavó sus manos y su cara sintiendo el agua fría acariciar su piel y despertarla del cansancio. Con los ojos cerrados y de espalda al portón se sumergía en el placer de lavar todo rastro de lágrimas. Y agradeció al Universo.
Era ella completamente ella por primera vez en muchos años. La mujer limpia, libre de temores, llena de vida. Capaz de disfrutar cada aliento, cada pestañeada. Era ella viva y con ganas de vivir
Al levantarse del arroyo posó su mano sobre un árbol para encontrar balance. Al sentir algo extraño la retiró de un salto.. Observaba su mano con el más fijo interés. Una sustancia gruesa, transparente, resbaladiza cubría su mano.
Un aceite viscoso . un aceite. Que la haría resbalar, deslizarse. Un aceite...

Yecy Delgado

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