martes, 28 de julio de 2015

Un cuento necesario

Esa mañana me levanté creyendo que sería un día como otro cualquiera. Ja! El destino se encargaría de burlarse de mi cuando al disponerme a salir encontré un charco debajo del auto. Frustrada y sin ninguna idea de qué hacer, llamo al vecino. Un Sr. amable siempre dispuesto a tenderme la mano cuando de asuntos de hombres se trata, excepto cuando hay culebras porque les tiene terror. Luego de una corta inspección en la que yo disimulaba que entendía lo que me decía, me diagnostica un radiador roto y sin remedio, como una proyección de mi corazón. Ni modo, tomo el auto de mi hijo y me dirijo al autoparts, a ver cómo marroneaba y compraba un radiador. Para mi sorpresa me topo con un chico con los ojitos pícaros y una sonrisa que estimulaba la imaginación. Me regala un "buenos días" que me corta la respiración y yo hago el ridículo posando de femme fatale. Como quien sabe de qué habla le digo que preciso de un radiador. Y entonces sucedió la cosa que definiría el día como uno de los más extraños que he vivido, al menos de los que me acuerdo. Me contestó "Sra. yo soy un hombre honesto, y me gusta hablar siempre con la verdad. Me gustan las cosas sinceras y de frente es así como me gusta hacer negocios. No trabajo transmisiones, en estos momentos no estoy aceptando igniciones y las gomas las mandé a buscar pero no me han llegado". Miré al mi alrededor buscando cámaras, tenía que ser una broma o me tomé la pastillita equivocada esa mañana. Yo pedì un radiador !!! Pero el chico tenía una sonrisa tan cálida y tan sincera que no podía haber maldad. Fue entonces cuando me di cuenta de que la conversación no llevaría a ningún lado, el chico simplemente no podía escuchar. Con razón su negocio era un desastre! Como dama que soy por fuera, y para no faltarle el respeto, le digo que admiro mucho su honestidad que en otra ocasión será y me dispongo a marcharme. Exaltado me tomó por el brazo "No. Por favor siéntese ahí que yo le resuelvo". Yo sé que no me escuchó. Sé que por lo menos lo del radiador no me lo puede resolver. Pero es que era tan lindo! y yo tan boba! Bueno me senté a esperar. Pasaron cuatro luego cinco horas y lo veía paseando de un lugar a otro ocupado en tareas imaginarias. Ahora tengo coraje. Me acerco al mostrador poderosa, con todo un guión en mi mente de lo que le diré, lo que me contestará y lo que le voy a recontestar. El bambalán me mira y con esa sonrisa de labios que quiero morder y me dice: "Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar?" Yecy Delgado

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