lunes, 23 de noviembre de 2015

Héroe

Un héroe, como otro de tantos que duerme en cualquiera de nosotros. Un simple ser humano que un mal día se convenció de ser el único dueño del dolor y desesperación. Una víctima que equivocadamente pensó que si lo gritaba a los cuatro vientos, si se autoproclamaba la más grande de las víctimas, conquistaría su dolor. Ese dolor cortante del que le habían advertido tantas veces que no podría escapar. No sería posible contar cuántas veces había escuchado que a todos les tocaba vivir aquel sentimiento. Pero hundido en el cómodo fango de la autocompasión se aseguraba de que era imposible que a alguien le doliera como en este momento le dolía a él. Esa misma seguridad lo impulsaba a declarar a viva voz y en medio de la plaza que destruiría al mounstruo que tantas vidas había dañado. Con voz entrecortada gritaba que desmenusaría sus entrañas, desenredaría su venas, separaría cada una de sus partes y descubriría el por qué de su malvada presencia. Todos lo miraban. Todos lo entendían. Todods reconocían la imposibilidad de su misión. Pero nadie tenía ningún interés edn unirse a la campaña destructora del mounstruo. Todo sabían lo necesario de su presencia. Viendo lo que qería ver y escuchando lo que quería escuchar, nuestro héroe salió en busca de su cáliz personal. Sin reconocer siquiera que padecía de la ceguera causada por el dolor de la vanidad. Esa vanidad que se destroza cuando la vida nos hace chocar con una realidad distintta a la que nos habíamos creado. Así salió, con los ojos vendados por el odio, a la conquista del mounstruo. Enlo más profundo de sus interioresw existía sin emabargo ese morbo personal de no ser capaz de destruirlo sin conocerlo primero. Para él, al igual que para todos los demás, la más grande humillación no era haber sido vencido, si no el hecho de no haber tenido ningún control sobre el asunto. Su más grande dolor era haberle dado la bienvenida con las más grande de las sonrisas sin haberse ni imaginado la desolación que causaría después. Haberse convertido en presa de aquella criatura corriente y vulgar, le calcomía el ego hasta querer hacerlo vomitar. Sin que lo notrara ese era el sentimiento que lo empujaba en dirección a la negación, la insensatez, la locura de la exclusividad. Y mientras su corazón se eñangotaba oprimido, su orgullo le susurraba que él era es escogido para la liberación. Esogido, la palabra cuya onda sonora cargaba la ilusión del consuelo. El sonido ducle que expandía sus pulmones y le secaba las lágrimas. El elevaría la bandera del "basta ya" y encendería la tea que iluminaría la Tierra. Tan seguro de sí, con la voz nacida en las entrañas, lanzó al viento el nombre detestado y esta vez no sonrió al reconocerlo. Se plantó energizado por la certeza de la razón. Y sin que le temblara un músculo con la precisión de un cirujano le clavó la espada de la ciencia justo en el centro de su corazón. Sorprendido con la poca resistencia encontrada, bebió con su mirada la cascada carmesí que brotaba del pecho. Reparando un momento en que la sangre paracía igual a la suya. Así mismo se bautizaba en la alegría de saberse el precursor de millones de vidas rescatadas de tropiezos y sufrimientos. Pero la victoria plena llegaría cuando apartara con su propios dedos, sus músculos, sus venas, su estómago, sus mil partes. Cuando clasificara, cuando estudiara, cuando analizara y nombrara. Cuando pudiera anunciar al mundo el cómo y el por qué de aquella existencia nefasta, entonces llegaría la gloria. En el fondo del silencio escuchaba un estruendo de aplausos y gritos que de seguro serían en su honor. Por el suelo corrían las vibraciones de millones de pasos de gente liberada. Su primer paso sucumbió bajo su cuerpo atropellado y murió aplastado. Sin entender. Los gritos no eran en su honor. La ola de gentes tenía un sólo propósito colectivo. Todos corrían a recatar el amor. Yecy Delgado 19 julio 2011
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