martes, 5 de enero de 2016

El jardinero y su flor

El jardinero y su jardín Había un vez, en una tierra no muy lejana a usted, una hermosa flor. La más hermosa en medio de una jardín seco, desértico, desolado. No se vaya a pensar que era una flor exótica de rara belleza, tampoco era una planta medicinal capaz de curar todos los males de la Tierra. Su belleza más bien consistía en su magistral simpleza, su sencillez regia, sus colores puros, la robustez delicada de su tallo fuerte y la profundidad ejemplificadora de sus raìces. La flor llevaba allí no poco tiempo. Con el pasar de los años había encarado fuertes vientos así como interminables sequías y temperaturas insoportables. Estos años, estas pruebas habían logrado resaltar el carácter noble con el que había enfrentado y sobrevivido estos percanses y otros de menor magnitud pero poderosa fuerza acumulativa. Muchas veces se preguntó nuestra amiga flor el por qué de su larga estancia allí, mientras veía a otras flores ser recogidas y llevadas a jardines menos inóspitos. Cuan cruel podía ser el destino! Cuántas veces soñó la flor con ser removida a otro jardín, en donde la acobijara una sombra que le brindara descanso del cruel resplandor del Sol. La flor era grandemennte admirada por todos, aunque siempre tomada por garantizada, pasada por alto. Nadie se cansaba de loar su temple, pese a su pequeña conformación. Todo esto le alegraba claro, pero parecía su interior ser invisible para los demás y nadie percatarse del inmeso dolor en que se hundía. No pedía mucho, sólo quería un descanso, agua dulce y refrescante. Sólo quería un descanso.Un buen día se acercó al jardín un jardinero cuidadoso por demás en sus atenciones. La característica más atrayente para nuestra flor, resultaba ser el tamaño de este jardinero, el cual brindaba una sombra acaparadora. Cuando se paraba frente a ella no podía ver nada de lo que estaba a su alrededor. Ese descanso visual era precisamente lo que ansiaba nuestra amiga. Y con el tiempo el descanso se convirtió en algo de lo que no podía precindir y esperaba con cada vez más ansias el momento en el que llegara el jardinero y le brindara su sombra. El jardinero, a su vez, notó algo especial y distinguido en la flor. Algo que se basaba en su simple naturaleza, en su escencia. Aquella inmensa gratitud con que lo recibía la flor aumentaba su sentimiento de propósito en esta vida. Y según pasaba el tiempo crecía el sentido de posesión sobre aquella débil flor. Crecía también su instinto protector, porque a diferencia de los demás, él sí notó la tristeza que reinaba en el interior de la flor. Quería resguardarla pero también quedría ser partícipe de aquella inagotable fruerza que contenía. Sabía que si llevaba aquella flor a su jardín personal, las demás plantas aprenderían a sobrellevar las inclemencias del tiempo, y también se contagiarían de innigualable alegría. El jardinero quería música y sonrisas en su jardín. De seguro contaba con el apoyo de la flor. Así que decididamente buscó sus herramientas para así llevársela y transportarla a aquel rincón especial que durante tanto tiempo había guardado para la flor perfecta. LLegado al jardín, lleno de una ternura que con palabras no se podría explicar, el jardinero se postró sobre su rodillas. Con el más grande amor desprendió la flor de la tierra seca y malagradecida que la aprisionaba. Y la liberó. Sintió la flor en el mismo instante, las más pura lividez que puede brindar la libertad soñada. Su mente se transportó a un estado de nirvana, en donde todo se encuentras y en donde no hay nada, Sólo  armonía vibrara en su interior. El punto de felicidad máxima, el punto en donde la tomaba en sus manos. Un grito agudo, nacido de la sombra rompió el corazón de la flor mientras se apoderaba del aire. Procedía de su amigo, de su gran salvador el jardinero. Quizo la flor hablar, o extender su pétalos, pero estas eran facultades de las cuales ella carecía. Sólo le quedaba el remedio de observar con tristeza, cómo el rostro del jardinero se llenaba de dolor, luego sorpresa, incredulidad, desilusión, pero el gran triunfador fue el coraje, que poco a poco se transformó en rabia. El miraba enloquecido sus manos llenas de sangre provocada por pequeñas espinas que formaban parte natural de la constitución de nuestra amiga. En los pétalos de la flor se podía leer el dolor, la vergüenza de ser aquello que no podía evitar. En su ciego amor el jardinero no quizo ver la totaliidad. y tan grande era ese amor, como lo era ahora el odio. Enfrentado a su propia estupidez el jardinero arremetió contra la flor restrayándola contra el suelo, Y poseído por la fuerza que sólo brinda la pasión de un amor perdido, la pisoteó.  Cada pisada se presagiaba sobre la flor como una sombra que traería terror y no alivio. Ya la últimas, la flor no las sintió. Habíase regresado al nirvana de hacían varios minutos y fue allí donde eligió quedarse, dejó atrás su larga y dura vida. No presenció cómo su tallo se hizo pedazos, ni cómo sus pétalos alfombraron la tierra seca y dura. Sus hojas sangraron savia. En medio de la estampida cruel, se vió caer una honesta lágrima, testigo único de un amor mal depositado. Yecy Delgado 2005

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